UNA SOCIEDAD ENFERMA

Una sociedad enferma que institucionaliza a sus mayores, los aparta, visita los días que los niños no tienen exhibición, para celebrar una fecha especial o cuando recaen con certificado médico, porque si no, se conforman con una llamada de teléfono. Se nos llena la boca practicando el colecho con nuestros bebés, mientras nuestros padres y madres sobreviven apartados de modernas vidas faltas de autocrítica y perspectiva. Personas mayores medicalizadas, víctimas de un sistema que les cuida a golpe de receta lo justo para que su corazón lata aunque sufra de engaños, soledad y tristeza. Edificios con camas nocturnas de personas atadas, con correas materiales o emocionales, que lloran y se auto convencen de que sí, debe ser así, los tiempos modernos, la vida moderna, los hijos modernos… No tienen espacio en sus casas de muebles de mentira, vacaciones demasiado caras, coches demasiado pequeños. Edades adultas en las que se creen con tiempo para “más adelante” poder recuperar el que están perdiéndose de compartir y disfrutar con quienes les dieron la vida. Excepciones, como en todo, las hay. Benditas, porque curan el alma, auto complacencia compartida. Existen otros modelos de familia en los que se convive de forma intergeneracional, con abuelos que no tienen que malcriar a sus nietos para que les hagan caso y nietos que no se asustan de tocar las arrugas de sus abuelos porque les besan a diario. Pero en general, desnaturalizados, echamos raíces en valores individualistas en los que cuidar de nuestros cuidadores se ve como una carga. Guardería para los pequeños, asilo para los mayores. Sin dudas, sin malestar, sintiéndonos perdonados por lo generalizado de este tipo de elección en nuestra sociedad. Hijas, os quiero, pero ni menos ni más que a mis padres a los que espero poder cuidar tal y como ellos conmigo hicieron. El ciclo de la vida.

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