Siglos de pragmatismo frente a un tiempo eterno de espiritualidad

Nacemos encerrados en un cuerpo extraño, físico, que nos esclaviza y somete al rigor de sus tiempos inexorables con pautas que asumimos como inquebrantables. El mundo occidental ha pisado fuerte y con los pies en la tierra ha dejado de mirar al cielo en busca de respuestas. Sumisos a los dictados de una severa cultura llena de prejuicios en los que soñar y meditar son pérdidas de un tiempo que hay que exprimir incluso en contra de nuestros deseos y necesidades. Se acaba. En esta transición iniciada con el cambio de siglo caminamos hacia una nueva era más espiritual y libre. Las civilizaciones orientales tienen mucho camino recorrido en este despertar de la conciencia por lo que no es de extrañar la excelente acogida que sus ritos, ciencias, disciplinas, saberes ancestrales están teniendo en nuestra convulsa sociedad. Hay que despertar e ir despojándonos del peso de siglos de pragmatismo que heredamos incluso genéticamente. Tendemos de forma natural a rentabilizar nuestra vida en extremos que nos insatisfacen profunda y continuamente. La felicidad es etérea como casi todas las cosas importantes de la vida. Nuestra cultura occidental nos doctora en saberes que nos hacen genios para arruinar la fortuna de un bienestar profundo y real que en esta u otra vida nos permita vivir plenos y felices. Quizá debamos guiarnos por la sabiduría oriental que no ha descuidado el alma ni el karma en la evolución humana y que ha encontrado en el interior de cada persona la espiritualidad con la que dar sentido a una existencia de vida y muerte equilibrada y en paz. Es la era de tomar conciencia, domar nuestro ego, hacer las paces con el planeta, volver a sentirnos parte de la humanidad y destronar al yo del nosotros. Tiempo para dejar de sufrir por todo lo que no podremos ser y disfrutar de lo que sí somos, es el momento de mirar hacia nuestro interior y sembrar una simiente nueva, libre y sana que sea cosecha y legado universal.

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